Lo
habitual es que a los padres se nos considere
incapaces para regir nuestra vida y la de
nuestros hijos.
Cuando no topamos con
el dios-médico, lo hacemos con el dios-maestro
y así hasta el infinito. Cuando escolaricé a mis
dos hijas mayores (20 y 16 años) lo hice en el
mismo colegio en donde yo cursé estudios hasta
que fui a la Universidad : un colegio
concertado y de orientación católica. Por aquel
entonces, no lo dudé: para mí era el colegio
perfecto. Un buen nivel académico, un espíritu
liberal y nada elitista, unas instalaciones muy
aceptables. Han pasados los años, y ahora no lo
veo así.
Mis hijas son chicas inteligentes y mientras
estuvieron en
primaria siempre alcanzaron brillantemente los
objetivos o, dicho a la antigua, sacaban muy
buenas notas. Nada más pisar la E.S.O se
convirtieron en claras candidatas al fracaso
escolar aunque, afortunadamente, por el momento
no ha sido el caso. Pero ambas odian leer, no
sienten amor por el conocimiento ni tienen afán
por aprender (y digo aprender porque el afán
por estudiar es más difícil tenerlo). Estudian
para aprobar y punto. En otro orden de cosas, su
comprensión lectora es nula (han llegado a
suspender exámenes porque no entendían qué se
les estaba preguntando), su vocabulario es
limitadísimo ( se pasan la vida preguntándome
por palabras como "aguerrido" , " sinuoso",
"sutil", "inclemencia") y su habilidad y/o
su disposición para buscar documentación y
recursos ( bibliografía, internet, etc)
absolutamente inexistente.
A todo esto, sus profesores ( que en su mayoría
han sido también los míos, hasta que se han ido
jubilando) siempre han empleado la táctica de
tirar "balones fuera" . Año, tras año, he tenido
que oír - tanto con una como con otra- cosas del
tipo : es que esta clase es muy conflictiva ( ¡
con niños de 2º de primaria!), es que tiene un
nivel muy bajo, es que los chicos de hoy ya no
son como erais vosotros, entonces daba gusto y
con estos ya no se puede. Pero claro, ninguno
reconoce que hace 30 años eran maestros jóvenes
, recién licenciados, y tenían una gran
vocación por la docencia y un espíritu joven y
entusiasta. Tampoco parecen acordarse que hace
30 años ellos también defendían su indumentaria
"progre", sus pelos largos, sus barbas aún más
largas, sus pantalones de campana y su
minifalda; exactamente igual que hacen los
chicos de hoy en día con sus piercings o sus
tatuajes.
En fin, que es ahora cuando he empezado a
plantearme muchas cosas y a cuestionarme muchas
otras. Y tengo claro que para mi pequeña de 3
años, quiero otra cosa.
Pero aquí empieza otro calvario, porque hay muy
poco donde elegir y además, ese poco, o no está
al alcance del bolsillo o está muy alejado de
donde una vive. Assumpta (Madrid)