En Vigilar y Castigar, el
filósofo francés Michael Foucault realiza una
impresionante investigación acerca del
desarrollo, en la modernidad, de unas nuevas
tecnologías: un conjunto de procedimientos para
dividir en zonas, controlar, medir, encauzar a
los individuos y hacerlos a la vez ‘dóciles y
útiles’. La disciplina se ha desarrollado en los
hospitales, en el ejército, en las escuelas, en
los colegios y en los talleres.
La tesis central de este libro,
es la de que en nuestras sociedades modernas,
hay que situar los sistemas punitivos en cierta
economía política del cuerpo; incluso si no
apelan a castigos violentos o sangrientos,
incluso cuando utilizan los métodos ‘suaves’ que
encierran o corrigen. Siempre es del cuerpo del
que se trata – del cuerpo y de sus fuerzas, de
su utilidad y de su docilidad, de su
distribución y de su sumisión -.
El cuerpo, para el autor, está
inmerso en un campo político: las relaciones de
poder operan sobre él. Estas relaciones, lo
cercan, lo marcan, lo doman, lo someten a
suplicio, lo fuerzan a unos trabajos, lo obligan
a unas ceremonias, exigen de él unos signos. Y
va unido, de acuerdo con una serie de relaciones
complejas y recíprocas, a la utilización
económica del cuerpo.
El cuerpo, según su
argumentación, está imbuido de unas relaciones
de poder y de dominación, como fuerza de
producción. En cambio, su constitución como
fuerza de trabajo sólo es posible si se halla
prendido a un sistema de sujeción. El cuerpo
sólo se convierte en fuerza útil cuando es a la
vez cuerpo productivo y cuerpo sometido. Pero
este sometimiento no se obtiene por los únicos
instrumentos, ya sean de la violencia, ya de la
ideología. Puede muy bien ser directo, físico,
emplear la fuerza contra la fuerza, obrar sobre
elementos materiales, y a pesar de todo esto no
ser violento. Puede ser calculado, organizado,
técnicamente reflexivo, puede ser sutil, sin
hacer uso de las armas ni del terror, y sin
embargo permanecer dentro del orden físico. Es
decir, que puede existir un ‘saber’ del cuerpo
que no es exactamente la ciencia de su
funcionamiento, y un dominio de sus fuerzas que
es más que la capacidad de vencerlas:
este saber y este dominio
constituyen lo que podría llamarse la tecnología
política del cuerpo.
Indudablemente, esta tecnología
es difusa, rara vez formulada en discursos
continuos y sistemáticos; se compone a menudo de
elementos y fragmentos, y utiliza unas
herramientas o unos procedimientos inconexos. A
pesar de la coherencia de sus resultados, no
suele ser sino una instrumentación multiforme.
Además, no es posible localizarla ni en un tipo
definido de institución; ni en un aparato
estatal. Estos recurren a ella, utilizan,
valorizan e imponen algunos de sus
procedimientos. Pero ella misma en sus
mecanismos y sus efectos se sitúa a un nivel muy
distinto. Se trata en cierto modo de una
microfísica del poder que los aparatos y las
instituciones ponen en juego, pero cuyo campo de
validez se sitúa en cierto modo entre esos
grandes funcionamientos y los propios cuerpos
con su materialidad y sus fuerzas.
Este poder se ejerce más que se
posee, y no es el ‘privilegio’ adquirido o
conservado de la clase dominante, sino el efecto
de conjunto de sus posiciones estratégicas,
efecto que manifiesta y a veces acompaña la
posición de aquellos que son dominados. Este
poder, por otra parte, no se aplica pura y
simplemente como una obligación o una
prohibición, a quienes ‘no lo tienen’. Este
poder, los invade, pasa por ellos y a través de
ellos; se apoya sobre ellos. Lo cual quiere
decir que estas relaciones descienden hondamente
en el espesor de la sociedad. Finalmente, no son
unívocas, definen puntos innumerables de
enfrentamiento, focos de inestabilidad, cada uno
de los cuales comporta sus riesgos de conflicto,
de luchas, de inversión por lo menos transitoria
de las relaciones de fuerza.
Este poder, que en su
funcionamiento, se ejerce sobre aquellos a
quienes se castiga, de una manera más general
sobre aquellos a quienes se vigila, se educa y
corrige, sobre los locos, los niños, los
colegiales, los colonizados, sobre aquellos a
quienes se sujeta a un aparato de producción y
se controla a lo largo de toda su existencia.
La Escuela
El cuerpo humano entra en un
mecanismo de poder que lo explora, lo
desarticula y lo recompone, nos dice Foucoult.
Una ‘anatomía política’, que es igualmente una
‘mecánica del poder’, está naciendo (siglo
XVIII); y define cómo se puede hacer presa en el
cuerpo de los demás, no simplemente para que
ellos hagan lo que se desee, sino para que
operen como se quiere, con las técnicas según la
rapidez y la eficacia que se determina. La
disciplina fabrica así cuerpos sometidos y
ejercitados. La disciplina fabrica, en última
instancia, cuerpos dóciles.
La ‘invención’ de esta nueva
anatomía política no se debe entender como un
repentino descubrimiento, sino como una
multiplicidad de procesos con frecuencia
menores, de origen diferente, de localización
diseminada, que coinciden, se repiten, o se
imitan, se apoyan unos sobre otros, se
distinguen según su dominio de aplicación,
entran en convergencia y dibujan poco a poco el
diseño de un método general. Se los encuentra en
los colegios, desde hora temprana; más tarde en
las escuelas elementales. Han invadido
lentamente el espacio hospitalario, y en unas
décadas han reestructurado la organización
militar; para el control y la utilización de los
hombres.
Centrándose en la
escuela, Foucault dice que en ella:
•
Se trabajan los espacios de una manera más
flexible y más fina. En primer lugar, por
división de las zonas. A cada individuo su
lugar; y en cada emplazamiento un individuo.
Evitar las distribuciones por grupos,
descomponer las implantaciones colectivas,
analizar las pluralidades confusas. El espacio
disciplinario tiende a dividirse en tantas
parcelas como cuerpos o elementos que repartir.
•
Se fijan unos lugares determinados para
responder no sólo a la necesidad de vigilar,
sino de crear un espacio útil. El cuerpo se
convierte en un elemento que se puede colocar,
mover, articular sobre otros.
•
En la disciplina, cada uno se define por el
lugar que ocupa en una serie. Individualiza los
cuerpos y los distribuye. El espacio escolar se
despliega, la clase se torna homogénea, está
compuesta de elementos individuales que vienen a
disponerse unos al lado de los otros bajo la
mirada del maestro. En el conjunto de
alineamientos obligatorios (filas, cursos por
grupos de edad, calificaciones), cada alumno de
acuerdo con su edad, sus adelantos y su
conducta, ocupa ya un orden ya otro. Se desplaza
sin cesar por esa serie de casillas que marcan
una jerarquía del saber o de la capacidad. La
escuela moderna, al asignar lugares
individuales, ha hecho posible el control de
cada cual y el trabajo simultáneo de todos. Ha
organizado una nueva economía del tiempo de
aprendizaje. Ha hecho funcionar el espacio
escolar como una máquina de aprender, pero
también de vigilar, de jerarquizar, de
recompensar. Garantizan la obediencia de los
individuos pero también una mejor economía del
tiempo y de los gestos (cómo agarrar el lápiz).
•
El empleo del tiempo: herencia de las
comunidades monásticas. Horarios de la escuela.
•
Establecimiento de la correlación del cuerpo y
del gesto: buen empleo del cuerpo que permite un
buen empleo del tiempo, nada debe permanecer
ocioso e inútil. Una buena letra, por ejemplo,
supone una gimnasia, toda una rutina cuyo código
riguroso domina el cuerpo por entero. El maestro
hará conocer a los escolares la postura que
deben adoptar para escribir y la corregirá
cuando se aparten de ella. Un cuerpo
disciplinado es el apoyo de un gesto eficaz.
•
La articulación cuerpo-objeto: la disciplina
define cada una de las relaciones que el cuerpo
debe mantener con el objeto que manipula.
•
La utilización exhaustiva: utilización creciente
del tiempo. El tiempo de los unos debe ajustarse
al tiempo de los otros de manera que la cantidad
máxima de fuerzas pueda ser extraída de cada
cual y combinada es un resultado óptimo.
•
La forma de la servidumbre escolar (intercambio
entre el maestro que debe dar su saber y el
aprendiz que debe aportar sus servicios, su
ayuda y su retribución) va mezclada con una
transferencia de conocimiento.
•
Pasa a ser un aparato de examen ininterrumpido
que acompaña a toda la operación de enseñanza.
Se tratará de una comparación perpetua de cada
cual con todos, que permite a la vez medir y
sancionar.
•
El examen coloca a los individuos en un campo de
vigilancia.
•
Todo este sistema depende de un mando: toda la
actividad del niño disciplinado debe ser ritmada
y sostenida por órdenes terminantes cuya
eficacia reposa en la brevedad y la claridad: la
orden no tiene que ser explicada ni aún
formulada, es precisa y basta que provoque el
comportamiento deseado. Así, el alumno deberá
haber aprendido el código de señales y responder
automáticamente a cada una de ellas.
•
Un poder intenso pero discreto.
Algunos
comentarios adicionales respecto del estudio de
M. Foucault:
1-
La genealogía fucoltiana, se diferencia de otros
modelos de análisis en la medida en que,
siguiendo a los clásicos de las ciencias
sociales especialmente Marx, Weber y
Durkheim reivindica la necesidad de un uso
determinado de la historia en el análisis de los
procesos y de las instituciones sociales con el
fin de comprender el presente.
2-
El concepto de disciplina le permitió
articular los cambios que se produjeron
a nivel microfísico el
adiestramiento, de los cuerpos, los
gestos y los comportamientos de los
sujetos con las transformaciones
que tuvieron lugar a otros niveles tales
como una nueva organización del espacio,
del tiempo y de las actividades. Los
efectos del poder disciplinario se
manifestaron en una nueva percepción
funcional del cuerpo, en la formación de
un espacio y un tiempo seriados y
analíticos que, a su vez, están en la
base de una concepción progresiva del
tiempo la historicidad evolutiva y
el progreso lineal , y en la puesta en
marcha de un nuevo arte de organizar y
distribuir a los sujetos que, a la vez
que combina sus fuerzas para obtener de
ellos el máximo rendimiento, permite
evitar aglomeraciones y repartos
peligrosos e indeseados.