Asociación Otraescuelaesposible

 

Una enseñanza basada en el respeto de las necesidades básicas de cada alumno da como resultado que éste perciba el trabajo escolar como una acción gozosa y lúdica

La escolarización obligatoria en el siglo XXI

Santiago Molina García

Editoria La Muralla

Santiago Molina García es catedrático de Pedagogía de la Universidad de Zaragoza en el área de Didáctica y Organización Escolar

  

Página 31 ”Si se estudia la historia de las instituciones educativas de forma crítica, no creo que haya ninguna dificultad para darse cuenta de que las escuelas no se crearon para satisfacer la curiosidad intelectual de niños y jóvenes. Su misión institucional más genuina, desde el inicio de la escolarización obligatoria a mediados del siglo XIX fue prepararlos para que pudieran satisfacer las necesidades de las sociedades industrializadas del capitalismo incipiente. Por eso dicho modelo fue el de la Escuela Graduada, semejante al que acaba de implantarse en las grandes factorías industriales (…)”

Página 41 “(…) la mayor parte de los aprendizajes conseguidos en la escuela desaparezca rápidamente de la mente de los alumnos, cosa que tampoco resulta preocupante a los niños y jóvenes dado que son conscientes de que ese conocimiento oficial que les transmite la escuela es absolutamente irrelevante para sus vidas prácticas”

Página 76 “El problema principal es que una determinada minoría de mandarines decidan que ese currículo es una especie de dogma de fe al que sólo se le pueden hacer las modificaciones que ellos mismos prescriben, siendo que debería ser entendido como algo absolutamente relativo”

Página 80 “Las condiciones a las que están sujetos los alumnos en la escuela son muy semejantes a las de los trabajadores adultos, aunque no reciben ninguna remuneración salarial por el trabajo que llevan a cabo. Es por ello que, en sentido estricto, no cabe hablar del oficio de alumno, pero sí en sentido amplio. Obviamente, un oficio muy peculiar ya que las condiciones de alienación son semejantes, o incluso peores, que las de un trabajador adulto, pero en cambio la sociedad no ofrece al alumno un salario por el hecho de vender de forma obligada su fuerza laboral (…)”:

Perronoud ofrece los siguientes ejemplos para demostrar que las condiciones laborales de los alumnos, durante la escolaridad obligatoria, son mucho más coercitivas y alienantes que las de de cualquier trabajador adulto:

1)      El alumno no tiene ninguna posibilidad de elegir el centro de trabajo (es decir, el colegio) ni de cambiarlo por otro si se siente descontento.

2)      El alumno depende fuertemente de un tercero, no solamente en sus finalidades y condiciones principales, sino en los detalles y, de manera notable, en su fragmentación y relación con el tiempo.

3)      El alumno ejerce su trabajo bajo la mirada y el control permanente de terceros, no solamente en cuanto a sus resultados sino en cuanto a sus menores detalles.

4)      El alumno se encuentra constantemente ante una evaluación de calidades y de deficiencias de la persona, de su inteligencia, de su cultura y de su carácter.

5)      El alumno carece permanentemente de tiempo y de flexibilidad para seguir nuevos caminos, aprovechar oportunidades y para responder nuevas demandas.

6)      El alumno no tiene ninguna posibilidad de negociar con sus profesores las condiciones de su trabajo, debido a la rigidez de las prescripciones curriculares y al cultura escolar

7)      El alumno está sometido a una relación utilitarista laboral enajenante, ya que los premios y castigos que recibe no depende tanto de la significatividad de los aprendizajes, cuando de que ejerza su oficio con la prontitud, diligencia y conformismo que la cultura escolar tradicional espera de él.

8)      El alumno está sometido a una especie de tela de araña basada en el conjunto de tareas escolares discontinuas, cerradas y escasamente relacionadas entre sí, que vienen marcadas por absurdos horarios, por espacios débilmente diferenciados, o o por objetivos y contenidos que nada tienen que ver con sus auténticos intereses.

9)      El alumno está sometido a la omnipresencia de la restricción y del control, fijado en unas prescripciones legales en las que jamás se la ha pedido su opinión, para que no falte a clase y para que trabaje incluso sin deseo ni interés. De forma oculta, dichas restricciones adquieren sentido e una especie de contrato de trabajo basado a menudo en lo peor del desorden, en las trampas, en la desconfianza, en la ley del mínimo esfuerzo y en la aceptación implícita de que el alumno, por ser menor de edad, no tiene derecho a ser escuchado.

Al alumno se le obliga a vivir durante un montón de años en un espacio cerrado, tan amorfo como el de cualquier fábrica y sujeto a normas de uso semejantes a las que rigen la vida de un cuartel o de una cárcel. Dicho espacio está estructurado sobre la base de una evaluación continua (…) en detrimento del tiempo y del esfuerzo que debería se dedicado a la satisfacción de las necesidades verdaderamente educativas.

La relación comunicativa entre alumnos y profesores, o con respecto a sus compañeros, está mucho más burocratizada que la que se da en cualquier factoría industrial. Al alumno se le pide que hable y se exprese sus opiniones, pero sólo cuando los profesores lo estimen oportuno, o cuando así lo exija el modelo didáctico.

En unas condiciones semejantes (…) que son comunes en mayor o menor grado a todos los tipos de escuelas, parece increíble, al menos desde el punto de vista ético que se exija a los alumnos que vayan al colegio contentos (…)”.

Página 97 “A mi juicio, lo que los profesores de los niveles obligatorios de la enseñanza necesitan (sobre todo, los novatos) es disponer de una amplia gama de modelos didácticos para poner en práctica en cada ocasión el que consideren más realista en función de la fundamentación teórica de cada uno y de las condiciones situacionales requieren” (…) “El modelo didáctico por excelencia suele consistir en el que el profesor presenta los aspectos fundamentales del tema estudiar, apoyándose en los datos que ofrece el correspondiente libro de texto, y a continuación exige al alumno que lleve a cabo una serie de actividades que, generalmente, están extraídos de los propios libros de texto o de los cuadernos de actividades que paralelamente suministran las editoriales. Durante el proceso de realización de dichas actividades, la función principal del profesor suele consistir en controlar que los alumnos no se copien entre sí y que no organicen demasiado follón. Es decir, es una labor semejante a la que hace un pastor de ovejas, pero en el caso de la enseñanza algo más penosa, ya que los profesores no disponemos de la ayuda inestimable del perro ovejero”

Página 106 “A mi juicio, son las técnicas de marketing y nunca la calidad de los mismos, lo que explica el uso masivo de los libros de texto (…). (…) jamás deben probar las editoriales que los libros de textos han sido sometidos a un proceso de investigación propia, ni mucho menos a explicitar los efectos secundarios de cada marca. (…).

Esta política liberal salvaje que se produce en la comercialización de los libros de texto siempre me ha parecido monstruosa (…)”.

Página 119 “(…) Desde la más tierna infancia, el niño aprende en la escuela valores sociales que son semejantes a los que se exigen en las empresas: las decisiones importantes deben ser tomadas por los superiores jerárquicos, siendo la misión de los obreros el aceptarlas sin protestar y, ni siquiera, sin preguntar

Página 120 “Cuando los niños pasan del a escuela infantil a la primaria y después a la secundaria, las rutinas y preceptos ordenancista son mayores aún. Por lo general, los horarios de impartición de las materias se convierten en algo inflexible y la desmembración del conocimiento enlatado es el leit motiv de la ecuación institucionalizada. Ya no basta con que el niño tenga que estar obligado a trabajar cinco o seis horas diarias haciendo actividades sin sentido en el interior de las aulas, sino que, además, se le obliga a que continúe trabajando cuando llegue a su casa a través de la imposición de los clásicos y socorridos deberes. Ya no basta inculcarles unos principios morales semejantes a los de cualquier obrero, sino que ahora, a través de las exigencias brutales derivadas del trabajo a realizar, se les está inculcando, de forma implícita, una moral de esclavos.

Esclavos cuya misión es trabajar sin recibir a cambio la más mínima remuneración económica ni afectiva y con la obligación añadida de sentirse felices y contentos.

El único incentivo que reciben los alumnos es la promesa de que si hacen todo el trabajo que les mandan sus profesores con rigor y abnegación, cuando sean adultos estarán en condiciones de convertirse en triunfadores, lo cual es como decir en abnegados trabajadores o en explotadores de aquellos otros compañeros que se negaron a realizar el trabajo escolar con la pulcritud y el esmero que demandaban sus profesores”

Página 138 “Personalmente opino que la participación de los alumnos en los consejos escolares no tiene demasiado sentido, a no ser que se vayan dando cuenta de la inutilidad de los mismos y de las trampas que son propias de los sistemas democráticos prudenciales”

Página 183 “El trabajo escolar se puede convertir en algo pesado, aburrido o alienante o bien ser fuente de inagotable de placer, según sea el sentido que se le dé a la enseñanza. Una enseñanza autoritaria y que esté basada en unos contenidos que nada interesan al alumno, es indudable que tiene que ser sentida por el niño como un trabajo agotador y el resultado lógico y naturales será la conversión del niño en un holgazán perezoso.

Sin embargo, una enseñanza basada en el respeto de las necesidades básicas de cada alumno da como resultado que éste perciba el trabajo escolar como una acción gozosa y lúdica que comparte con sus compañeros de clase bajo la atenta mirada y el consejo del profesor”