“La actual Constitución nos
reconoce a los padres el derecho a elegir la educación de nuestros
hijos. Pese a ello, poco es lo que podemos hacer frente a problemas
que la tradicional de hoy provoca (…)”
Prólogo. “El clima
de libertad hace desarrollar nuevos planteamientos, a la obediencia
ciega de la dictadura se le opone el derecho a las personas, y a los
niño y adolescentes lo son, claro que sin voto y apenas sin voz.
La mía de adulto y
madre pretende hacerse eco de la suya y por ello acusa al sistema
educativa actual de no contribuir a la felicidad de nuestros hijos,
de no encaminarles casi nunca a encontrar su vocación y aptitud para
hacer con alegría aquello que les gusta y con ello ganarse el pan de
cada día, de obligar a todos los niños y adolescentes a pasar
por una verdadera carrera de obstáculos transformando el derecho a
la educación en una penosa obligación que deja a muchos en la cuenta
abocados a la marginación, cuando no a la delincuencia.
De hacer seres
sumisos, apáticos, aburridos, aptos sólo para vivir en la sociedad
de consumo
que, por otra parte, da síntomas de acabamiento, con sus crisis, sus
millones de parados, y la constante amenaza de destrucción a nivel
mundial; a ella se le ofrece una educación espíritu competitivo y
egoísta, donde alcanzar un puesto de trabajo será el privilegio de
unos pocos, pasando por encima de los demás.
Una enseñanza que
provoca la búsqueda de algo artificial, el título, necesario para
todo, en lugar de su verdadero fin: aprender,
por lo que nuestros alumnos van a aprobar para pasar el curso y no a
llenar los huecos de saber llevados por su curiosidad natural.
Una enseñanza
planificada “desde arriba” sin contar demasiado con sus
profesionales, los profesores, los profesores, ni sus destinatarios,
los alumnos, niños y adolescentes a los
que se les exige un horario de trabajo, en muchos casos superior al
de esas 8 horas de los adultos y un esfuerzo excesivo para su edad.
Una enseñanza que
intenta conservar el presente y el pasado sin poner sus miras en el
futuro, que prepara a nuestros hijos como si el mundo de hoy no
fuera a cambiar nunca.
Una madre escribe,
aunque lo haga torpemente, porque no quiere a sus hijos les preparen
para ser computadores de datos, porque no quiere que esta educación
les robe todo el tiempo irrecuperable de la niñez y de la
adolescencia, no quiere hipotecar el presente por un futuro
incierto, quiere que sean felices ahora y que lo sigan siendo en el
trabajo, más adelante, quizá sin tantas cosas pero contentos de sí
mismo.
La actual
Constitución nos reconoce a los padres el derecho a elegir la
educación de nuestros hijos. Pese a ello, poco es lo que podemos
hacer frente a problemas que la tradicional de hoy provoca:
masificación en las aulas, horarios excesivos, evaluaciones
subjetivas e inapelables, programas extensísimos, recuperaciones que
no son tales, preparación para el mañana poco realista.
El índice de
suspensos es aterrador, es la señal de que
algo falla, ante ellos los padres sólo sabemos empujar a nuestros
hijos a que estudien más, pagamos el tributo de hacer de ellos eso
que han programado otros, aunque no nos guste.
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El sistema educativo actual adolece de:
-Ser una
enseñanza competitiva que elimina a los peor dotados de inteligencia
o base cultural.
-De falta de
opciones para encauzar las distintas aptitudes y vocaciones.
-Ser una carrera de
obstáculos, donde aprobarlo todo lo consigue una minoría, lo que
demuestra que el nivel exigido no está estudiado sobre la base real
de la capacidad del niño o adolescente.
-Programas
abultadísimos, que tan sólo a duras penas se pueden desarrollar
completos. De hacerlo, la materia se recibe en extensión más que
en profundidad, de ahí que se olvide fácilmente lo aprendido.
-Las
recuperaciones no son tales
(hacer un examen tras otro de las partes suspendidas, sin habérselas
enseñado otra vez al que no las aprendió en su día, no es
recuperar).
-Los horarios de
trabajo son excesivos en BUP. Los alumnos
tienen 7 horas lectivas cada día, a éstas hay que añadir las que
dedican en sus casas, 2, 3, ó 4 al estudio. En cualquier caso,
sobrepasan las 8 consideradas como razonables para los adultos.
Nuestros hijos adolescentes hacen “horas extraordinarias”.
-Falta de
entusiasmo por parte de los chicos por lo que están aprendiendo.
Los profesores se quejan en muchos casos de su apatía o de su
aburrimiento, quizá sea porque se les dan unos conocimientos
demasiado teóricos, donde la creatividad, la imaginación y la
participación activa no tienen lugar.
-Lo que aprenden
está dirigido casi sólo a formarles como futuros trabajadores. Se ha
olvidado enseñarles para gozar de la vida, de las artes, de la
música, de la propia literatura; estas materias se han convertido en
asignaturas para aprobar, el rigor académico les roba su parte de
placer; desmenuzan la lengua española en clase, pero los
chicos no leen, dicen que no tienen tiempo para ello, ni
para oír música ni para ver exposiciones.