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Una madre acusa a la escuela

Cristina Santa Ana - Editorial Popular - http://www.editorialpopular.com/

Cristina Santa Ana escribió en 1979 este libro fruto de la experiencia como madre de 8 hijos educados en escuelas e institutos públicos y también desde la propia experiencia profesional como docente en un Instituto en Madrid. Casi treinta años después, el libro sorprende por su vigencia, ya que puede leerse como un análisis certero del sistema pedagógico actual, las causas del fracaso escolar y la necesidad de un cambio radical en la manera de educar en las escuelas españolas. Todo ello abordado con inteligencia y sencillez.

Puedes descargar el libro completo aquí

Nos hemos puesto en contacto con la autora de este libro, Cristina Santa Ana que ha autorizado a la Asociación Otra Escuela es Posible su difusión sin ánimo de lucro.

“La actual Constitución nos reconoce a los padres el derecho a elegir la educación de nuestros hijos. Pese a ello, poco es lo que podemos hacer frente a problemas que la tradicional de hoy provoca (…)”

Prólogo. “El clima de libertad hace desarrollar nuevos planteamientos, a la obediencia ciega de la dictadura se le opone el derecho a las personas, y a los niño y adolescentes lo son, claro que sin voto y apenas sin voz.

La mía de adulto y madre pretende hacerse eco de la suya y por ello acusa al sistema educativa actual de no contribuir a la felicidad de nuestros hijos, de no encaminarles casi nunca a encontrar su vocación y aptitud para hacer con alegría aquello que les gusta y con ello ganarse el pan de cada día, de obligar a todos los niños y adolescentes a pasar por una verdadera carrera de obstáculos transformando el derecho a la educación en una penosa obligación que deja a muchos en la cuenta abocados a la marginación, cuando no a la delincuencia.

De hacer seres sumisos, apáticos, aburridos, aptos sólo para vivir en la sociedad de consumo que, por otra parte, da síntomas de acabamiento, con sus crisis, sus millones de parados, y la constante amenaza de destrucción a nivel mundial; a ella se le ofrece una educación espíritu competitivo y egoísta, donde alcanzar un puesto de trabajo será el privilegio de unos pocos, pasando por encima de los demás.

Una enseñanza que provoca la búsqueda de algo artificial, el título, necesario para todo, en lugar de su verdadero fin: aprender, por lo que nuestros alumnos van a aprobar para pasar el curso y no a llenar los huecos de saber llevados por su curiosidad natural.

Una enseñanza planificada “desde arriba” sin contar demasiado con sus profesionales, los profesores, los profesores, ni sus destinatarios, los alumnos, niños y adolescentes a los que se les exige un horario de trabajo, en muchos casos superior al de esas 8 horas de los adultos y un esfuerzo excesivo para su edad.

Una enseñanza que intenta conservar el presente y el pasado sin poner sus miras en el futuro, que prepara a nuestros hijos como si el mundo de hoy no fuera a cambiar nunca.

Una madre escribe, aunque lo haga torpemente, porque no quiere a sus hijos les preparen para ser computadores de datos, porque no quiere que esta educación les robe todo el tiempo irrecuperable de la niñez y de la adolescencia, no quiere hipotecar el presente por un futuro incierto, quiere que sean felices ahora y que lo sigan siendo en el trabajo, más adelante, quizá sin tantas cosas pero contentos de sí mismo.

La actual Constitución nos reconoce a los padres el derecho a elegir la educación de nuestros hijos. Pese a ello, poco es lo que podemos hacer frente a problemas que la tradicional de hoy provoca: masificación en las aulas, horarios excesivos, evaluaciones subjetivas e inapelables, programas extensísimos, recuperaciones que no son tales, preparación para el mañana poco realista.

El índice de suspensos es aterrador, es la señal de que algo falla, ante ellos los padres sólo sabemos empujar a nuestros hijos a que estudien más, pagamos el tributo de hacer de ellos eso que han programado otros, aunque no nos guste.

Página 13. El sistema educativo actual adolece de:

-Ser una enseñanza competitiva que elimina a los peor dotados de inteligencia o base cultural.

-De falta de opciones para encauzar las distintas aptitudes y vocaciones.

-Ser una carrera de obstáculos, donde aprobarlo todo lo consigue una minoría, lo que demuestra que el nivel exigido no está estudiado sobre la base real de la capacidad del niño o adolescente.

-Programas abultadísimos, que tan sólo a duras penas se pueden desarrollar completos. De hacerlo, la materia se recibe en extensión más que en profundidad, de ahí que se olvide fácilmente lo aprendido.

-Las recuperaciones no son tales (hacer un examen tras otro de las partes suspendidas, sin habérselas enseñado otra vez al que no las aprendió en su día, no es recuperar).

-Los horarios de trabajo son excesivos en BUP. Los alumnos tienen 7 horas lectivas cada día, a éstas hay que añadir las que dedican en sus casas, 2, 3, ó 4 al estudio. En cualquier caso, sobrepasan las 8 consideradas como razonables para los adultos. Nuestros hijos adolescentes hacen “horas extraordinarias”.

-Falta de entusiasmo por parte de los chicos por lo que están aprendiendo. Los profesores se quejan en muchos casos de su apatía o de su aburrimiento, quizá sea porque se les dan unos conocimientos demasiado teóricos, donde la creatividad, la imaginación y la participación activa no tienen  lugar.

-Lo que aprenden está dirigido casi sólo a formarles como futuros trabajadores. Se ha olvidado enseñarles para gozar de la vida, de las artes, de la música, de la propia literatura; estas materias se han convertido en asignaturas para aprobar, el rigor académico les roba su parte de placer; desmenuzan la lengua española en clase, pero los chicos no leen, dicen que no tienen tiempo para ello, ni para oír música ni para ver exposiciones.